Diego Ricol: La hora de Linda Briceño


You have a great sound”.
Eso le dijo Wynton Marsalis, uno de los músicos de jazz más
destacados de la historia, a Linda Briceño.

Todo sucedió tan rápido que ni su tío Rolando Briceño podía creerlo,
y eso que él mismo es una leyenda de la salsa en Nueva York que tocó
con figuras como Tito Puente y Celia Cruz. “Eres muy suertuda”, le
decía atónito a la sobrina a la que fue a acompañar. Era un jueves
invernal, ella tenía catarro y no podía cantar ni tocar a plenitud.
Pero no le importó. La invitación a presenciar un ensayo de la Lincoln
Center Jazz Orchestra era como una inyección de anti gripal. Tomó el
metro desde Brooklyn hasta Lincoln Center a las siete de la mañana,
sin saber que, momentos después, el mismo Wynton Marsalis la
pararía de su silla de espectadora para que pasara a ensayar con la
fila de trompetas de la orquesta.

Cuando lo vio por primera vez, no pudo contenerse y lloró. Si ya era
una impresión conocer y charlar un rato con músicos como Marcus
Printup, uno de los trompetistas a los que ha seguido desde pequeña,
estar a pocos metros de Marsalis era sobrenatural. Era alto e
imponente y vestía de etiqueta. 

Apenas eran las nueve de la mañana y sólo se trataba
de un ensayo para un concierto en homenaje a Duke Ellington que
sería al día siguiente. Entre tanto soñar despierta, Briceño recordó
un mapa de deseos que había dibujado de pequeña como recomendación
de un pastor cristiano. En él había adjuntado fotos de sus ídolos
juveniles Laura Pausini, David Bisbal y Luis Fonsi, pero también dejó
espacio a sus referencias en el jazz Frank Foster y Wynton Marsalis.

Subió a la tarima para interpretar el repertorio junto a otros
estudiantes, todos estadounidenses provenientes de universidades
prestigiosas de música. La pieza “C Jam Blues” de Ellington definió
la atmósfera en la que Briceño haría el solo de su vida. “Printup me
cedió muy gentilmente su último solo.

Empecé a improvisar y los músicos voltearon porque se sorprendieron
de que ese sonido viniese de una mujer, y más de una chica latina.

Me gritaban que siguiera, y lo hice hasta que no pude más”. Ese instante la había convertido en la primera mujer
venezolana en tocar con la Lincoln Center Orchestra. Y lo haría dos
veces: al día siguiente no sólo sorprendió a los músicos, sino al
público que asistió al concierto.

El machismo del jazz. La
sala de ensayo del conservatorio Simón Bolívar es una improvisación
con final feliz. En el último piso de una casa antigua de la
urbanización El Paraíso se resolvió un espacio con aire
acondicionado, pero no demasiada acústica. Al menos caben todos. 15
hombres atienden a su partitura y oyen la instrucción del director
Andrés Briceño. Al fondo, en la sección de trompetas, resalta Linda
Briceño, y por el motivo más simple: es la única mujer en la Big
Band Jazz, la inédita agrupación que pertenece al Sistema Nacional
de Orquestas, donde sus músicos se permiten el swing del jazz. Bri-
ceño no sólo es la única fémina: es la concertina de la banda. Hoy
ha traído una franela destapada, cosa rara en ella, y sus compañeros
de cinco años de antigüedad se encargan de resaltarle el escote con
bromas. No se intimida, le ha tocado defenderse como un “tipo” desde
muy pequeña.

“El jazz es un género en el que predomina la presencia masculina, y la
industria es muy machista”, explica desde una voz suave y unas
pestañas largas vestidas de rim- mel. El maquillaje es una práctica
descubierta recientemente por ella. Cargar los tambores de su padre,
estudiar percusión y haberse rodeado de hombres hicieron que no se
reconociera en su feminidad. 

Pocos conciertos tuvieron tanta importancia como
aquel en el que su tía Vicky le depiló las cejas. “Mi única presión
es la industria. Hay muchas mujeres talentosas a las que no se les
ha dado la oportunidad porque no son tan jóvenes, ni tan bonitas. Los
empresarios siempre buscan el talento más joven”, dice, como si
hablara de una profesión como el modelaje y no la música académica.
Aunque ser mujer tampoco le ha significado un camino de espinas, más
bien una oportunidad para brillar y está consciente de su atractivo
comercial. “Si hubiera nacido hombre, no tendría el mismo impacto
sobre el ámbito musical”, admite.

Todos los días ensaya con la Big Band tres o cuatro horas en el
conservatorio y al salir toma un autobús que proporciona el Sistema
Nacional de las Orquestas Juveniles, o Fesnojiv, hasta el metro de
Colegio de Ingenieros.

Con su instrumento a cuestas, camina hacia su casa por el bulevar de
Sabana Grande, para internarse en su pequeño estudio a cantar y
tocar un rato más. El jazz le da la posibilidad de hablar con su voz,
mientras que la música académica requiere de una adaptación a los
estilos de cada compositor.

Pasearse entre géneros no parece inquietarle: lo mismo puede vérsele
acompañando un tema de la banda de rock de sus amigos, que
descargando un solo de salsa en un concierto o haciendo jamming en
Juan Sebastián Bar.

El sistema no soy yo. El
padre de Linda Briceño es uno de los percusionistas venezolanos que
más ha trabajado por la formación integral y académica de los músicos
de jazz. Su hija, llamada Linda Lee por un estándar musical de
Charlie Parker, fue la primera en seguir sus pasos. A los ocho años ya
era la principal en la sección de percusión en la Orquesta Juvenil de
La Rinconada. En el ínterin, Andrés Briceño le puso una trompeta
entre las manos y determinó el resto de su futuro. Su mentor fue
José “Cheo” Rodríguez y ocupó el puesto de principal en la Orquesta
Juvenil de Chacao, para luego ser dirigida por Gustavo Dudamel en la
Juvenil de Caracas. Allí, a sus adolescentes 15 años, vino la
ruptura.

Su frustración comenzó por no obtener la oportunidad de ser miembro de la Orquesta Simón Bolívar, su anhelo desde niña.

GLOBAL SHAPER Para el Foro Económico Mundial fue imposible ser indiferentes ante un número impactante: la mitad de los habitantes del mundo tiene menos de 27 años. Eso quiere decir que los jóvenes de hoy toman decisiones que influyen directamente sobre el destino de sus sociedades. Linda Briceño fue una de los 14 jóvenes venezolanos que resultaron seleccionados por sus cualidades de liderazgo y sus ansias de transformación para ser Global shaper. Cuando la trompetista recibió un correo con la invitación a postularse, pensó que era un spam y no prestó atención. Al tiempo la llamaron para insistirle, y fue allí que se dio cuenta de que la propuesta era seria. No podía creer que formaría parte de un engranaje en el que participan desde la reina Rania de Jordania y Bill Clinton, hasta decenas de jóvenes emprendedores en el mundo. Como música, tiene claro que debe contribuir al respeto de su profesión. “Ahora los jazzistas están en huelga, ganan el mismo sueldo desde hace años. En el entorno de los músicos hay muchos abusos laborales, y eso debe cambiar”, dice, convencida de que es una persona clave para el ámbito musical del país.

Fuente: Revista Todo en Domingo

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